Fotografía: Puebloespana.netA sus casi setenta años era un hombre entrañable, siempre con una sonrisa en su rostro curtido por el tiempo y el campo, un rostro en el que destacaba su mirada serena, una de esas miradas que sólo se consiguen después de toda una vida, cuando uno siente que ya ha cumplido con su propósito y con la tranquilidad de haber hecho las cosas, no bien, si no lo mejor que uno ha sabido o la vida le ha permitido.
Los fines de semana le gustaba tomar su copita de vino en la terraza del “Amazonas”, arropado por la serena calma que se suele respirar a la hora del “cafelito”. A veces, hace un aire de mil demonios, pero siempre se respira tranquilidad . Allí nos conocimos una tarde (ya no me acuerdo si de sábado o Domingo), nos presentó el padre de mi chiki, “el Meta”:
- Hola Dami, ¿cómo vamos?, ¿bien?, me alegro hombre. Mira, esta es mi hija la mayor, ¿te acuerdas de ella? ,y este es su novio, Jose.
Enseguida conectamos y la conversación se tornó amena, como todas las que la seguirían a través de las semanas y meses, siempre en fin de semana, siempre en la misma terraza. Era una persona de verbo fácil, amable, sencillo. Costaba poco escuchar sus historias, vivencias tejidas de relidad, enseñanzas de toda una vida, opiniones de épocas desconocidas para nosotros pero que nos ayudan a comprender de dónde venimos y por qué estamos donde estamos. La verdad, nos encantaba escucharlo, y creo que a él también le gustaba que lo escuchásemos, y a quién no, sobre todo en este mundo en que los jóvenes nos creemos omnipotentes, sabedores de la realidad de la vida y con un poder infinito para hacer lo que nos plazca sin consultar a nadie, pues nadie tiene nada nuevo que enseñarnos.
Quedaba un buen sabor de boca tras ese café de sobremesa, sobre todo cuando nos miraba con agradecimiento y se le iluminaba la cara al saludarlo, por sentarnos con él, por compartir esa sobremesa, por escucharlo. La verdad es que los agradecidos somos nosotros, por su sonrisa, porque permitió que le conociésemos, por dejar que nos sentásemos con el, por compartir con nosotros las experiencias de toda una vida, la suya.
Un día de tantos nos enteramos tras no verlo en una temporada que había enfermado, y, desde esa altivez de la juventud, ni se nos pasó por la cabeza que no lo veríamos más.
Hoy nos han dicho que ya no está enfermo, simplemente no está, se ha marchado, seguro que no por propia voluntad, simplemente, le tocó a él.. No volveremos a compartir ya más sobremesas.
Sé que cada vez que vuelva a esa terraza, lo buscaré con la mirada, y al no encontrarlo, me acordaré de que ya no está y me pondré triste, pero mi corazón se iluminará cuando recuerde todas esas tardes con él que ya nadie podrá quitarnos porque forman parte de nuestras vidas, entonces sonreiré.
Gracias Damián, de todo corazón, muchas gracias.…….


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